domingo, 12 de octubre de 2014

INFONEWS - ENTREVISTA A SILVINA PRIETO, INTEGRANTE DE ELBA - 14/12/13

“El cerebro nunca deja de trabajar”

Una charla con María Silvina Prieto, la mujer que ganó el primer premio del concurso de crónicas La Voluntad.

“El cerebro nunca deja de trabajar”
Cuando tenía 33, María Silvina Prieto fue condenada a cadena perpetua. Hace trece años que vive en el penal de mujeres de Ezeiza, donde toma diversos cursos, entre ellos, uno de periodismo que realiza los jueves en sus salidas transitorias. Allí, por iniciativa de su profesora Daniela Yaccar, surgió la idea de que escribiera una crónica de aquello que ella a veces llevaba como anécdota: los días de encierro con Giselle Rímolo. La crónica resultó ser la ganadora del premio La Voluntad, organizado por la Fundación Tomás Eloy Martínez. Y fue elegida por un jurado compuesto por Paula Pérez Alonso (Planeta), Ezequiel Martínez, Cristian Alarcón y los autores de La Voluntad, Eduardo Anguita y Martín Caparrós. 

En el segundo llamado telefónico, una señora con voz risueña atiende el teléfono de línea del penal y promete “un momentito” para ir a buscar a María Silvina. Su voz se va perdiendo por lo que parece un embudo de ecos. Después de unos segundos, aparece la voz de María Silvina, grave y natural, predispuesta a contar todo, salvo las razones por las que está presa. –¿Ya pensó en qué va a gastar los quince mil pesos del premio? –La plata no se gasta. La estoy guardando para cuando salga (N. de la R.: en dos años). Si bien una tiene gastos de viáticos para ir a estudiar y para las salidas transitorias, eso lo solvento con el fruto del trabajo en el penal donde todas cobramos un sueldo. –¿De qué trabaja? –En la huerta y en jardinería, donde corto el pasto con una bordeadora. Por doscientas horas por mes cobro unos dos mil pesos. Por ley, un porcentaje de ese dinero va al fondo de reserva para cuando salís y después podés pedir un disponible de ese sueldo. –¿Le gusta su trabajo? –Bueno, dentro de los trabajos que hay acá, elegí el de la huerta porque es una descarga. –¿Qué cultiva en esa huerta? –Tenemos lechuga, tomate, pepino, acelga, perejil, apio. Todo orgánico y producido con estas manos. Pongo la tierra, la remojo, planto la semilla hasta que la planta crece. Es para consumo interno, y a veces nos piden de la cocina. –¿Trabaja sola? –Sí, sola. Estoy acostumbrada, ya que fui hija única. Y lo prefiero. Me enchufo los auriculares y me pongo con los yuyos y la tierra. –¿Qué música escucha? –Heavy metal, AC/DC, Iron Maiden, Rammstein, Megadeth, Metallica, a quienes me perdí cuando estuvieron en la Antártida el pasado 10 de diciembre. –Cuando escribe, ¿también escucha heavy metal? –No, para escribir prefiero el jazz. –¿Y dónde escribe? –En “la Covacha”. –Suena al encierro dentro del encierro. –No. Es una minioficina al lado de la casa de la celadora que estaba pactada para la jefa de la sección y usábamos para entrevistas. Hace tres años estaba estudiando programación y para ir a la computadora tenía que caminar como tres o cuatro cuadras, entonces pedí si me podían traer una computadora acá y la trajeron con una cuenta para la asistente social y otra para mí. Ahora se transformó en taller de pintura y la uso para guardar la escalera, la nafta, la bordeadora. –¿Y cuándo va? –Tengo acceso diario, así que cuando no estoy en la huerta y me da la inspiración, prendo la máquina y escribo. La inspiración te lleva: el cerebro de uno nunca deja de trabajar. Quizás estoy escuchando una canción de Megadeth y desemboca en el próximo libro. –¿Qué escribe? –Tengo escritos tres cuentos cortos de terror. No los revisé ni los publiqué. El último es de vampiros, otro es la vida de un delincuente recién salido de la cárcel y el primero sobre un ladrón de tumbas, inspirado en una leyenda que me contaron: parece que en las carreteras de Venezuela, aparece una mujer que te hace dedo. Si no la levantás, a los cinco minutos la tenés sentada en el asiento trasero. –Con todo lo que tiene vivido para contar es curioso que le interese lo fantástico... –Me gusta la novela fantástica y el policial negro. Tengo completa la colección de Edgar Allan Poe. De chica, me leí a todos los clásicos como Sandokan, Robinson Crusoe. Cuando tenía once me llamaba mucho la atención la tapa de un libro que mi mamá no me dejaba leer. Una vez lo agarré y leí las diez primera páginas, era El Exorcista y no pude dormir por una semana. Ahí me dije “mamá tenía razón”. –¿Cuál es la disciplina artística que más le gusta? –Lo primero que gobierna mi vida es la música; después, la escritura, y, por último, la pintura, pero no puedo dejar pasar un día sin tocar la guitarra, pintar o escribir. Desde siempre. Y ahora más que nunca. –¿Cómo se empezó a vincular con la escritura en el penal? –Al primer taller que fui fue al de María Medrano (poeta y editora del sello Yo No Fui). Era de poesía contemporánea y me costaba mucho. No la entendía porque en la primaria, en la clase de Lengua y Literatura, se usaba la poesía con rima. Y si no rimaba, para mí no era poesía. Ella me explicó que ahora hay una manera más libre de escribir, que no necesitaba un tema para desarrollarla y me atreví. Después hubo otro taller en que había que escribir como quisieras, no te corregían sino que te alentaban. Sé que puede parecer irónico que yo lo diga, pero la libertad es difícil. Claro que cuando la tenés es lo más lindo que hay. No se lo deseo a nadie, pero estoy convencida de que cada habitante de este país debería pasar un mes detenido para ver lo que es estar acá y reconozcan lo que tienen afuera. –¿Qué es lo que más le duele? –Estar encerrada en una caja de zapatos, rodeada por un alambre, sin poder ir al cine, visitar a los parientes, caminar hasta la heladería. Eso hay que suplirlo con poder estudiar mucho tiempo y trabajar, cosa que afuera es difícil. Acá, además de la libertad, perdí cosas fundamentales, como la vista. Y no soy tan vieja, eh, ¡tengo 46! El problema es que el encierro no te deja ver a distancia y los músculos oculares se atrofian. –¿Tiene planes para cuando salga en libertad? –Cuando terminé el secundario, trabajé en una oficina como despachante de aduana, después fui telefonista en un banco y recepcionista en una empresa. Estudié joyería y museología, pero conocí gente de otro pozo y se me desvirtuó todo. Por eso, cuando salga me gustaría ponerme un taller de restauración de imágenes religiosas. Yo creo mucho en Dios: no hay cosa más grande en este mundo que tener fe. En lo que sea. Cada uno es libre de creer en lo que quiera. –¿Seguirá escribiendo? –Me gustaría armar un libro para resaltar los valores de cuando era chica, cuando dejábamos la puerta de calle abierta, esas cosas que se guardan en el corazón.

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