martes, 6 de mayo de 2014

REVISTA ANFIBIA - NOTA A SILVINA PRIETO, INTEGRANTE DEL TALLER EN LOS BORDES ANDANDO Y GANADORA DEL PRIMER PREMIO DE CRÓNICAS "LA VOLUNTAD" - 4/12/13

PRESERVAR LA DIGNIDAD

Cuando terminó la secundaria, Silvina Prieto estudio joyería, restauración de obras de arte y museología, hasta que la condenaron por homicidio. Cuando era chica su abuelo le leía los libros de tapas amarillas de Robin Hood, mientras su madre escuchaba música clásica. La crónica que escribió sobre los días de Giselle Rímolo en la Unidad 31 de Ezeiza condensa años de talleres literarios. Vida, frustraciones y deseos de una autora que en menos de dos años recuperará la libertad. 
—Me gustaría vivir acá. Esta calle es como la Libertador de Barrio Norte —dice Alba.
—Si vamos a vivir en Libertador, vivamos en la Libertador de verdad —le responde Silvina, su hija, y sonríe.
El taxi en el que las pasé a buscar atraviesa Caballito por la calle Goyena. En el asiento trasero del Senda, aferrada a un bastón, Alba mira los balcones amplios y dice que, efectivamente, era mejor ir por Goyena y no por el camino que proponía el taxista, el GPS y yo.
-No vas a comparar la vista. Esto es la parte cheta de Caballito, es hermoso.
Silvina arquea las cejas. Lleva un abanico en la mano y cuadra por medio lo agita. La calle ya cambió de nombre y ahora es Carlos Calvo. Mira la hora. Llegamos puntuales. Cruzamos hacia la vereda de enfrente. En la puerta de la Fundación TEM nos espera una escalera de unos 25 o 30 escalones.
-Ay, no, yo no puedo –se lamenta Alba.
Le ofrezco ayuda, le digo que tal vez si subimos despacio. Pienso: cómo no le avisé a Silvina de ese detalle. Aunque es cierto que no sabía que Alba usaba bastón.
Silvina mira la escalera empinada. No hay modo. Se lamenta, besa a su madre, frena a un taxi y la ayuda a subirse.
-Llamame cualquier cosa, ¿si? –dice Alba y el auto se va hacia Flores, pisando las hojas y algunas ramas que el viento y la lluvia tiraron hace unos minutos.
Dos horas más tarde, con un diploma y un sobre en una mano, el abanico en la otra, después de hablar unos minutos a solas con Martín Caparrós, y cuando ya casi no queda nadie en TEM, María Silvina Prieto cae en la cuenta de que todavía no llamó a su mamá para contarle que ganó el concurso, que de los diez finalistas la eligieron a ella.
***
Silvina Prieto vive en el Centro de Detención Federal de Mujeres, Unidad 31, de Ezeiza. Llevaba más de dos años encerrada cuando, en 2003, el Tribunal Oral Criminal nº 22 leyó la sentencia: perpetua por homicidio. Su padre murió antes de conocer el veredicto. Silvina es hija única. No tiene marido ni hijos. Alba, su madre, vive en Flores. En las salidas transitorias, Silvina la visita a ella.
-Quiero salir para estar con ella, cuidarla –dice Silvina.
Le quedan menos de dos años: en el último trimestre de 2015 recuperará la libertad.
-Escribí sobre un personaje cholulo, como Giselle Rímolo, porque me permitía contar el mundo de la cárcel con algo de humor. Y pude escribir sobre ella, sobre sus días en la Unidad, porque estuvimos en la misma situación.
El código de la cárcel atraviesa los muros: como muchos detenidos, Silvina no va a querer hablar sobre los motivos que la llevaron a Ezeiza. No lo dirá en entrevistas: no se lo dijo a sus profesores de literatura y periodismo. Cuando le tocó hablar en TEM dijo: “Una cagada que me mandé de grande”. Casi al final de su noche de gloria, con las bibliotecas de Tomás Eloy Martínez de fondo, todavía emocionada, sin mediar pregunta, relata el hecho en un minuto. Me lo cuenta con la condición de que yo no lo escriba. Nunca.
***
La primera vez que vi a Silvina Prieto fue en el Centro Cultural de la Cooperación, adonde ella va una vez por semana a cursar un taller de periodismo con Daniela Yaccar. Prejuicioso, me llamó la atención su lenguaje, sus modales.
-Si querés que te hable en tumbero, te hablo en tumbero, pero no es lo mío. Alguna vez en algún traslado al juzgado, si me apuran, me pongo tumbera, pero no soy así. Por eso tampoco escribo así.
Esa tarde Silvina vestía camisa rosa y pantalón gris. Como el día de la premiación, llevaba el pelo rubio, prolijo. Para leer usaba unos anteojos de marco amarillo. Su casilla de mail estaba llena de notificaciones de Facebook. El celular Samsung vibraba insistente.
-Lo mío en realidad es pintar cuadros –me dijo esa tarde.
Si para escribir prefiere historias de terror y ciencia ficción, para los cuadros elige dragones y paisajes fantásticos.
Cuando pinta le gusta hacerlo con música de fondo: tango, jazz y heavy metal.
No recuerda con precisión cuáles fueron sus primeros cuadros pero sí su primer proyecto literario “serio”. Tenía 12 años y escribió una serie de cuentos para chicos.
Yo tenía que hacer unas fotocopias y me ofreció la del CCC. No la pudimos hacer andar y salimos a la calle a buscar una. Pensaba preguntarle algunas cosas pero Silvina prefirió hablar todo el tiempo por celular. Se movía con soltura en esa cuadra de Corrientes entre Montevideo y Paraná.
Cuando terminó la secundaria estudio joyería, restauración de obras de arte y museología (le faltaban un par de materias cuando cayó). Escribió un proyecto para montar un museo en un club de fútbol. Una gran idea. Pidió reuniones con dirigentes. La atendieron, se quedaron con una copia del proyecto. Un tiempo después, cuando Silvina fue a registrar la idea, el club ya la había anotado. El museo es un éxito. Silvina hizo otros proyectos –uno incluso es para otro país- pero tomó la precaución de registrarlos. Esa es su carta para cuando salga en libertad.

***
Nació en Villa Urquiza en 1967, en una familia formada por abuelos italianos y españoles. Hubo un abuelo más importante que el resto. Gran lector, de vasta cultura general, Antonio pasó largas horas leyéndole a su nieta la colección completa de los libros de tapas amarillas de Robin Hood.
-Me inculcó el vicio por las letras –dice ahora ella, que recuerda algunos de esos títulos iniciáticos: Azabache, La cabaña del Tío Tom, Robinson Crusoe, Tarzán y Sandokán.
-Cuando mi mamá estaba embarazada, escuchaba todo el día música clásica. De ahí proviene también, creo, mi veta artística.
Ya en la Unidad 31, Silvina tuvo otra influencia clave: Liliana Cabrera. Se conocieron adentro, pegaron onda. Crearon una editorial cartonera, la primera en una unidad penitenciaria de mujeres. La llamaron “Me Muero Muerta” y después “Bancame y Punto”. Cabrera editó tres libros de poesía. Fue ella quien movilizó a Silvina y a otras compañeras para lograr que se dictara un taller de lectura dentro del penal.
-Leíamos Foucault, Descartes, Karkowski, al Marqués de Sade y discutíamos los textos –dice Luis “El Chino” Sanjurjo, coordinador del taller de lectura y pensamiento En los bordes andando, que dicta en la Unidad 31 de Ezeiza y en la Unidad 26 del Complejo Federal de Jóvenes Adultos de Marcos Paz. De esos talleres, nació la revista ELBA.
Cabrera, Prieto y otras detenidas participaron del documental “Lunas cautivas”, en el que las mujeres comparten reflexiones acerca del sentido que tiene el cautiverio en un centro penitenciario.
Sanjurjo fue el lunes a acompañar a Silvina a la premiación. También estaba Daniela Yaccar, la profesora de Silvina en el taller de periodismo.
-Ella fue la que me dijo que estaba este concurso. Y yo, que nunca había hecho crónica ni nada relacionado con el género, me anoté –dice Silvina.
En el momento exacto en que se anunció el nombre de la ganadora, Yaccar, sentada en una silla casi al fondo, le tomó fuerte la mano a una mujer. Después se abrazaron, emocionadas. Casi al final de la noche, me presentan a esa mujer: es Liliana Cabrera, la poeta. Y ya está en libertad.
***
Escribió de Giselle Rímolo pero pudo haber contado las historias de otras presas famosas e importantes que pasaron por Ezeiza y compartieron días con ella, como la tía abuela de un actual gobernador. O una señora mayor con un apellido ligado a una conocida marca de autos italiano. O la ex esposa de un empresario de una cadena de venta de electrodomésticos. O una señora muy distinguida de la alta sociedad de una provincia central del país. No por nada, en su crónica Silvina se refiere a la Unidad 31 como el “country de Ezeiza” o “jardín del Edén penitenciario”.
Y de Giselle, me dice, sólo contó un tercio de lo que pudo haber contado.
-Creo que fui respetuosa, preservé su dignidad.
***
“Conducta 10 ejemplar”, “Concepto 9 ejemplar”, dice la ficha penitenciaria de Silvina a la que tuve acceso. Con esos pergaminos le pidió a las autoridades del penal una computadora. Había hecho un curso de programación, necesitaba practicar. Y también la necesitaba para escribir. Insistió y lo logró: en un cuarto oscuro, entre trastos y bártulos, le pusieron una computadora. Sin acceso a internet pero con Word, Excel, Dreamweaver y Flash. A ese rincón lo llama “la covacha”.
-Yo escribo cuentos de terror y ciencia ficción –dijo Silvina, adelante del jurado, luego de ganar el premio. Martín Caparrós y Eduardo Anguita abrieron grandes los ojos. Cristian Alarcón y Ezequiel Martínez rieron fuerte.
Humor donde no lo hay. La frase certera en el momento justo. Algo o mucho de eso hay en el estilo de Silvina Prieto. “Es una autora que lleva las riendas del relato y administra la ironía sin jamás caer en el cinismo”, dijo el director de Anfibia al justificar la elección del jurado. La crónica de Silvina se publicará en marzo, por Planeta, junto a las otras nueve finalistas. Silvina escuchaba los elogios mientras se abanicaba.
Después le tocó hablar y dijo cosas como estas: “Tengo 46 y caí en cana a los 33. Yo pude educarme, no tuve una vida delictiva”; “No es una fatalidad estar adentro, no lo vivo así, es un aprendizaje”; “El humor, el humor negro, lo heredé de mi familia”.
La aplaudieron largo. No pudo probar el catering porque enseguida vinieron las fotos, las notas.
-Mi idea era pasar lo más desapercibida posible hasta el momento de salir. Me falta tan poco que no quiero sobresaltos. Pero bueno, este premio…no puedo creerlo.
Además de las salidas transitorias, tiene salidas por estudio: va una vez por semana al Centro Cultural de la Cooperación (CCC). Una de sus compañeras del taller de periodismo es una mujer húngara, detenida desde hace un par de meses en Ezeiza, que no habla una palabra de español y se comunica, como puede, en inglés.
-En este ámbito, con vos, con todos ustedes, o en el Centro de la Cooperación, es una cosa. Me tratan de una manera. Pero cuando salga no va a ser todo así: lo tengo claro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario