miércoles, 16 de marzo de 2016

REVISTA HAMARTIA - CRÓNICA SOBRE COOPERATIVA ELBA - 17/3/16

El arte en las cárceles: Un puente para la inclusión

–No, lo que pasa es que hacía cinco años que no sentía el olor de una flor- respondió ella reteniendo las lágrimas.

Instrucciones para salir de un pozo

Texto: 
Ilustración: Sol Ré

Desde lo más hondo, bien cubiertos por la sombra, presos de diferentes penales de Capital Federal y el Gran Buenos Aires encontraron una forma de humanizarse: hacer arte para demostrar que son personas, tanto dentro como fuera de la cárcel.

No se comportaba como todos los días. En el taller de escritura nunca dejaba de opinar y crear. Su histrionismo se escondía detrás de los ojos hinchados, que recorrían una y otra vez los pétalos del jazmín que sostenía con las dos manos. Lo inspeccionaba siguiendo el recorrido que llevaba al centro y luego lo olía con profundidad. Guardaba el aroma en su nariz y repetía el procedimiento.
Luis Sanjurjo, el Chino, miraba a Silvina de reojo mientras daba clase al resto de las internas de la Unidad 31 del Penal de Mujeres de Ezeiza. Les hablaba sobre literatura, proponía un debate y les hacía entender que eran tan persona como cualquiera. Intentaba no distraerse pero no podía dejar de pensar en Silvina.
¿Se había enojado? El Chino sumaba nervios y sentía culpa. Aquel caluroso mediodía de octubre de 2008 había comprado tres docenas de jazmines en la calle para mimar a las mujeres que lo esperaban.
–Silvina, ¿estás bien? ¿Hice algo que te molestó?- dijo el Chino entre intrigado y avergonzado.
–No, lo que pasa es que hacía cinco años que no sentía el olor de una flor- respondió ella reteniendo las lágrimas.
Instrucciones para salir de un pozo 3
–No hablamos de qué hicieron. La única restricción es con quienes cometieron delitos de lesa humanidad o con agresores sexuales- advirtió el Chino.
Con esa condición lleva adelante hace siete años la cooperativa En Los Bordes Andando (ELBA), que edita una revista con el mismo nombre. Trabaja principalmente con personas privadas de su libertad, aunque cualquiera puede ir a los encuentros que se dictan extramuros.
–Esto me agarró en un momento especial y me dio vuelta la cabeza. Venía de lo académico y la cárcel me hizo mejorar como docente- rememoró.
El Chino Sanjurjo llegó al penal de Mujeres de Ezeiza para coordinar encuentros de orientación de lectura de un mes y no se quiso ir más. Fue de casualidad, porque una de sus alumnas de la Universidad de Buenos Aires le contó que la bibliotecaria de la cárcel quería que alguien dicte talleres de literatura.
–Se llevaban libros de autoayuda o best sellers. Tenían el prejuicio de que no iban a entender otras cosas- explicó Sanjurjo.
Desde entonces replanteó su papel en el mundo académico. Asegura que el intelectual tiene una pose para ocultar lo que no sabe. Por eso deja la solemnidad para dar clases y se aparta de los estereotipos: lleva el pelo largo, se recorta poco la barba, usa pantalones de colores y complementa su trabajo con una banda de reggae.
Lo que al principio eran jornadas de lectura se transformaron en veinte talleres que incluyen el periodismo, el pensamiento y el arte como un puente para la inclusión de quienes están en la cárcel o recién recuperan su libertad.
–No le vamos a cambiar la vida a nadie pero al menos vamos a tratar de mejorársela- sostuvo.
La realidad es cruda: la mayoría de los presos llegan de lugares tan marginales que el único espacio de inclusión que conocen es la exclusión de la prisión, donde pueden empezar a estudiar.
–Es como decía Primo Levi, que en Auschwitz se lavaba la cara todos los días para sentirse hombre. El arte sirve para eso, para sentirte persona- concluyó Sanjurjo con tono pedagógico.
***
─Me avisó el Chino que venías– dijo apenas me encontró en el segundo piso del Centro Cultural de la Cooperación. Me saludó y entramos al salón.
Se la veía tranquila, aunque su cara mostraba tristeza e impotencia.
─Yo soy Ana, o “Anita, la guerrillera”. Así me llamaron los medios- se definió haciendo una mueca con la boca. El apodo le generaba fastidio.
Los ojos hundidos remiten a sus raíces árabes y es difícil no notar bronca detrás de unas ojeras levemente maquilladas. La cabellera rubia cede día tras día ante el tiempo y su irreverencia demuestra por qué llegó al final de su procesamiento insultando en la cara a los cuatro magistrados que la juzgaron.
Ana quiere contar su historia por más que el que esté enfrente sea un desconocido. Empezó a escribirla pero no puede terminarla. Pensó en hacer una película, pero cree que sería eterna. Dice que cayó de rebote en la “ruta de la efedrina” y, en los seis años que pasó en prisión, perdió su dinero, su familia y su tradicional farmacia. Dejó a la fuerza una cómoda vida en Recoleta y cuenta que ELBA la ayudó a salir del pozo.
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Eran cinco sentados en una mesa redonda. Aunque el salón tiene un cristal que hace de pared y una ventana en la puerta, adentro el ambiente era de privacidad. Contribuía a este hecho que ese día no hubiera prácticamente nadie en el edificio.
Se ubicaron en ronda para verse las caras y dar inicio al ritual de cada lunes. La profesora estaba de viaje y Ana coordinó el encuentro. Ella es la única que cuenta su historia con soltura. Para el resto es un tema sin importancia. En esa mesa, poblada con dos termos, un mate y varios paquetes de galletitas, lo que vale es estar juntos.
Faltó Agustina y ese día eran seis: Ana, Maxi, Silvina, Joni, Dani y Pamela. Los primeros cuatro conocieron el encierro; el resto no. No sabían por qué había una persona nueva.
─Cuenten quiénes son y qué hacen- ordenó Ana después de presentarme.
El primero de la ronda era Maxi. Vestía una camisa y una bermuda impecable. Hacía juego con su barba, recortada sin errores. Es histriónico, amable y habla con cuidado para no equivocarse. Estuvo en Marcos Paz, donde conoció al Chino en los talleres de música. Luego lo mandaron a La Pampa.
─Yo quería ir a Santa Rosa porque tenía buen comportamiento y era una colonia penal, pero cuando llegué dijeron que se había transformado en un penal de máxima seguridad- explicó con bronca.
Tras casi cuatro años ahí, su último escalón hacia la libertad fue Ezeiza. Una vez afuera sintió el vacío por no encontrar apoyo del sistema penitenciario.
─El patronato de liberados no funciona. Siempre están de paro y los psicólogos no te dan pelota- reflexionó mientras Joni, del otro lado de la mesa, asentía con la cabeza.
Ese lugar debería ser el que les brinde contención a los expresos, pero denuncian que no lo hace. Por eso, Maxi recurrió a aquella persona que había conocido cinco años antes para reintegrarse a la sociedad a través del arte: el Chino Sanjurjo.
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María Silvina Prieto era la siguiente y disfrutaba de la salida educativa que logró para todas las semanas. Tiene cuarenta años de vida y quince en la cárcel. Se siente “la tía de todos”. Habla despacio y pausado, pero no aburre. Piensa cada cosa que dice y su talento para la escritura se traslada a la oralidad: no deja la poética ni para las charlas de mate.
─En la cárcel ya no tengo más tiempo- aseguró con un gesto de cansancio.
Tiene rutinas que casi no rompe. Prefiere ordenar sus actividades para trabajar y estudiar tras las impenetrables paredes de Ezeiza. A la mañana recorre el patio haciendo cuadrados. Pasa una, dos, tres veces, mientras escucha Megadeth. Hace todo con mucha prolijidad y, dicen en el penal, nadie corta el pasto como ella.
─Los de mantenimiento lo hacen así nomás. No es tan difícil, hay que saber manejar un ciclomotor nada más- aclaró con simpleza.
Es incapaz de hacer algo sin ganas. Hiperactiva, demuestra una avasallante coquetería y hace gala, sin ostentar, de una cultura general amplísima. Quizás por eso también la llevaron a trabajar a la biblioteca del penal.
Espera ansiosa que llegue junio del año que viene para salir y volver a vivir con su mamá. Habrán sido 16 años desde que el martillo bajó y le dio perpetua. Fue su tenacidad lo que le quitó un tercio de pena. La ecuación es simple: más estudia y se prepara un preso, menos tiempo pasa en reclusión.
***
Pamela y Dani no estuvieron en la cárcel y no les importa que el resto sí. Ni se les pasa por la cabeza discriminar a sus compañeros y recalcan que aprenden mucho de ellos. Son una parte fundamental del grupo: cuando la exclusión sobreviene a la salida en libertad, ellas, las “no presas”, les tienden una mano.
Al lado de Dani se sentó Joni. Es callado y llegó tarde porque se quedó dormido. Eso, cuentan, le pasa seguido. Su cara muestra marcas, como si los golpes que recibió durante la vida hubieran dejado una huella física. Se lo ve desconfiado y, a veces, se ríe. Hace cuatro años recuperó su libertad y en las reuniones de los lunes encuentra compañía.
–Yo vengo a aprender- dijo. Esas fueron algunas de las pocas palabras que expresó durante la mañana.
***
Los jueves hay clases de música en el complejo de jóvenes adultos del Penal de Marcos Paz. Algunos esperan a un profesor; otros a un amigo. Para el docente es la posibilidad de reencontrarse con personas que lo ayudan a no olvidar su pasado.
–¿Cómo no voy a querer ir si yo me pasaba la semana esperando el taller?- reflexionó Maxi.
El escenario es un salón que, si bien guarda todos los “cuidados” para evitar una fuga, no tiene nada que ver con las paredes infranqueables y los gruesos barrotes que separan al pabellón del resto del mundo.
–Pensé que me iba a sentir mal, pero estoy feliz por volver sabiendo que en algún momento me voy- confió a sus compañeros.
Durante el encuentro los reclusos tienen un espacio de expresión libre. No hay un servicio que los vigile y pueden decir lo que quieran sin miedo a represalias. Que el profesor sea un excompañero hace que no tengan que explicar nada. El miedo a que les cuente a los guardias los puntos débiles que cada uno trasluce en los momentos de sensibilidad no existe.
–Conmigo los pibes se sienten cómodos. La primera vez que fui al toque se sacaron el cartel y se pusieron a cantar- explicó Maxi.
El cartel es una pantalla que buscan tener para mostrarse como duros. Con él no pasa porque ya conoce los códigos.
–El taller es un espacio de expresión. Nos hace sentir personas- recalcó el profesor.
***
–Todos seguimos siendo humanos- dijo Silvina durante su exposición.
En la mesa eran nueve personas. Un piano de cola quitaba espacio a un salón a medio llenar. Las luces estaban bien bajas y solamente se iluminaba a los expositores. Todos, salvo la coordinadora del II Encuentro Nacional de Escritura en la Cárcel, estaban o estuvieron privados de su libertad.
–Va a ser muy difícil volver al penal a enseñar porque estoy presa hace mucho tiempo- remarcó, aunque dejó en claro que ayudará en el futuro a otras mujeres.
En el auditorio David Viñas de la Biblioteca Nacional estaba el ChinoSanjurjo, que, equipado con dos mochilas, se preparaba para repartir ejemplares de ELBA al final de la charla. Ya le era difícil soportar la emoción por ver a personas que él ayudo mostrando su trabajo, cuando una frase lo desplomó.
–Al Chino hace ocho años que lo conozco y ya es mi hermano-lanzó Silvina.
Sanjurjo no pudo contener las lágrimas, que cayeron sin barreras.
Flores Tras las Rejas
–Poder estudiar nos cambió. Ahora los presos ven que pueden progresar y hay menos violencia. No sé si en todos, pero en mi pabellón pasa- explicó Martín Bustamante.
Logró reconocimiento luego de recitar un texto propio en TEDx. También expuso en el auditorio, donde hizo gala de su fina prosa, su profundo tono de voz y su cuidada estética. Asegura que la poesía le salvó la vida. Aunque estudia Sociología en el complejo que la Universidad de San Martín tiene en el penal donde lleva casi la mitad de su vida, sabe que no va a terminar la carrera. Su vocación es artística.
Mientras Martín fumaba un cigarrillo y disfrutaba su salida transitoria sobre Avenida Las Heras, apareció Silvina. La breve charla sirvió para empezar a acordar futuros encuentros.
–Te paso mi celular. El del penal no, que es un espanto- aclaró ella entre risas.
***
Era lunes otra vez. El salón es igual al de dos semanas atrás pero tiene otro nombre. Daniela, la profesora, había llegado de la India con caramelos de regalo. Maxi le agradeció, pero le dijo que eran horribles.
–Me avisó Silvina que no podía venir, que estaba con quilombos en el penal. Dijo algo de la libertad, espero que no sea en joda- avisó el Chino a la profesora.
Estuvieron todos callados la mayoría del tiempo. Mientras unos corregían una entrevista, Maxi escribió un aguafuerte donde relató sus sensaciones por volver a Marcos Paz a enseñar. Recalcó que cuando entra vuelve a ver a su amigo del alma y que le hace muy bien.
Daniela lo felicitó. Ella es una periodista y profesora que no cree en las correcciones. Siente un profundo afecto por todos y la convicción de que lo que hace ayuda a quienes viven el choque con una realidad hostil a la salida de prisión.
Al final, la docente pidió que se inicie una ronda en que den sus sensaciones sobre ese día y su semana anterior. De a uno agradecieron a Daniela por lo que les enseña. Ella hizo lo mismo y pidió que no se pierdan en elogios porque el taller es obra de todos. Maxi, que leyó por primera vez en público esa mañana, se guardó los comentarios.
Los textos que se producen en ese taller se suben a un blog en Internet y se publican en la revista ELBA. Buscan contarle al mundo que los que vivieron a la sombra también tienen algo que decir. Son aguafuertes, entrevistas e instrucciones. Las indicaciones para salir del pozo ya las escribió Silvina.
* El nombre de la crónica se toma de un texto escrito por María Silvina Prieto y publicado en el blog http://lamejorsalidaccc.blogspot.com.ar.

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